La imagen que vuelve
Señor de las tinieblas
La imagen que vuelve Señor de las tinieblas Por Antonio López Ortega Si me dieran a escoger una sola imagen del demonio -entre los poderosos, los risueños, los de utilería, los que querían asustar y no asustan, los que deseaban pasar inadvertidos y resultaron más penetrantes, al menos en la memoria-, me quedaría sin duda con la bestia [...]
La imagen que vuelve
Señor de las tinieblas
Por Antonio López Ortega
Si me dieran a escoger una sola imagen del demonio -entre los poderosos, los risueños, los de utilería, los que querían asustar y no asustan, los que deseaban pasar inadvertidos y resultaron más penetrantes, al menos en la memoria-, me quedaría sin duda con la bestia de Legend (1985), aquel filme de referente feérico que el británico Ridley Scott lanzara al ruedo después del clásico Blade Runner (1982). Pocos se han explicado, en verdad, cómo se da un salto entre una obra mayor, que sigue reverberando con el tiempo, y otra claramente menor, accidentada, que no logró lo que inicialmente se propuso. Quizás la telaraña de intereses entre casas productoras -el soundtrack del archiconocido Jerry Goldsmith, por ejemplo, no convencía y se pensaba sustituir por piezas ligeras de rock sinfónico- prevaleció sobre los impulsos autorales de una película en cuyo record sólo figura haber ganado el Oscar a la categoría de mejor maquillaje. Lo cierto es que un casi adolescente Tom Cruise, en lo que se define como su primer rol estelar, y una bella actriz, Mia Sara, que luego desapareció del mapa (¿otro caso de las que viven para recordar un sola escena?) se encargan de llevar las riendas protagónicas entre niños, enanos, hadas, brujas del bosque y unicornios. De hecho la trama gira en torno a la desaparición de los unicornios, cuya muerte plantea la desaparición misma del género humano. La historia evoluciona frágil ante lo que podría ser una mirada infantil hasta que entre parlamentos y señas se intuye la presencia de un llamado Lord of Darkness (Señor de las Tinieblas), ente que deseosamente busca aniquilar el último espécimen equino.
El demonio de marras, encarnado por un irreconocible Tim Curry, un actor entre burlón y payaso, más recordado por las comedias que hizo, es una criatura que oscila entre dos y tres metros, con una especie de tridente o cayado que acompaña sus pasos, torso y brazos al desnudo, pies que son en verdad cascos de macho cabrío, diríase un solitario entre poderoso y sufriente que recorre los fríos claustros de su palacio. Pero es su rostro abismal, hinchado de sangre, y sus cuernos elevados como astas, lo que finalmente hace la película. Al igual que en otras de sus obras, Scott tiene el tino de no mostrar la figura monstruosa sino a través de ligeros bocados, y el primero de ellos, memorable, cuya técnica también emplea en Alien (la pezuña o dedo retráctil de la nave auxiliar cuyo primerísimo plano se ve cuando aterriza en el planeta hostil) o en 1492: Conquest of Paradise (el pie amplificado de un Gérard Depardieu haciendo las veces de Cristóbal Colón cuando finalmente llega a la tierra prometida), exhibe tan sólo el lento avance del casco cabrío del demonio, mitad humano y mitad animal, mientras la masa corporal, temible, apenas se intuye por la sombra proyectada, por el ruido de los pasos o por la carcajada que hace temblar los cimientos de la residencia imperial.
Scott concentra en esa figura una dosis excesiva de maldad, muy superior a la de cualquier efecto benéfico, y ese desequilibrio argumental, más fascinación que error, ya hace la película. El demonio queda doblemente solo, fuera de trama, y los párvulos que vienen a combatirlo, con Tom Cruise a la cabeza, son como pacotilla de relleno. Frente al quiebre de la historia, donde ni siquiera la belleza de un unicornio pastando en el río lograr superar la belleza del mal, me quedo con la imagen realmente legendaria del baile de seducción entre espejos que el demonio propicia para conquistar el ánimo de Mia Sara. El rostro con que la mira, la cara entre burlona y dolorosa con que la desea, son inigualables. Una película hecha para que tan sólo una escena perdurara, una historia fallida para que tan sólo un monstruo trascendiera, un casting cuidadosamente elegido para que tan sólo un baile embriagante permita la existencia misma de Mia Sara. Con un monstruo así, cuya imagen sólo remite a sangre represada, contenida, como si los sentimientos tuvieran siempre que permanecer ocultos, ya el actor Tim Curry debería permanecer tranquilo. Ninguna de sus boberías posteriores supera esa actuación inmortal.
Antonio López Ortega




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22 de Junio, 2009
Me encanta como rescatas la escena del baile de ese super monstruo! es realmente impresionate. Con tanta producción cinematográfica hoy en día, da gusto poder leer también sobre esas historias abandonadas cuyas imagenes quedaron grabadas en nuestros ojos…
18 de Septiembre, 2009
Si, recuerdo esa película una de mis favoritas cuando niña, y aún si la pasan me la veo siempre, jeje…Un trabajo bastante arduo en cuanto efectos, y muy intensa la trama de la historia…Sin duda geniales películas las de antes al igual que “Historia sin Fin”, aún y cuando hay nuevos efectos que sobrepasan la ficción, creo que no supera la esencia de estas historias.
“is saludos y respetos sinceros”