Artes
Funerales que anuncian otra época
Lectura Libre Por Joaquín Marta Sosa Vicente Verdú (Elche, España, 1942) es el autor de El capitalismo funeral. La crisis o la Tercera Guerra Mundial (Anagrama, 2009), libro generoso como pocos para debatir sobre lo que está ocurriendo en el mundo, a la par que alegato intenso para razonar el porqué no estamos en los funerales del [...]
Lectura Libre
Por Joaquín Marta Sosa
Vicente Verdú (Elche, España, 1942) es el autor de El capitalismo funeral. La crisis o la Tercera Guerra Mundial (Anagrama, 2009), libro generoso como pocos para debatir sobre lo que está ocurriendo en el mundo, a la par que alegato intenso para razonar el porqué no estamos en los funerales del capitalismo (su muerte) sino en un capitalismo funeral (el que despide sus más queridos hábitos depredadores). Libro polémico, discutible, que desafía, este de Verdú, que “se adentra en los agujeros negros del capitalismo” (Juan Cruz), en sus auges y orgías, para decirnos con Hölderlin que de “donde hay peligro también surge la salvación.”
Digamos antes que, aparte de su legendario y clásico El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1998), entre sus obras destacan estos tres títulos, El planeta americano (1997) alrededor de las condiciones y valores de vida en Estados Unidos, China superstar (1998), acerca de las transformaciones finiseculares en ese país, y El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003), antecedente inmediato de El capitalismo funeral. En éste asegura Verdú que el declive del capitalismo comenzó a abrirse paso en la conciencia cultural contemporánea cuando se “predijo” que el capitalismo depredador era inevitablemente insostenible para la sobrevivencia humana. A contrapelo de esa “profecía”, los comportamientos corrosivos no sólo permanecieron sino que se ahondaron, en especial con los rostros malignos de la corrupción y la trivialización del sentido de vida. Perdida en los meandros de la injusticia y las desigualdades la conciencia de la responsabilidad y de la previsión, ha sobrevenido un período de decadencia extrema desde los años finales de la década de los ochenta que, ahora, en la apertura del nuevo siglo, toca en todas las puertas con el traje intimidatorio de la crisis financiera global. Pero ésta, afirma Verdú, es mucho más que eso, “es el derrumbe de un tiempo entero, el ocaso de una cultura y de un sistema que ha llegado al cenit de su depravación”. Es, subraya, el final de una época y el principio de otra, incierta y todavía brumosa.
A pesar de lo dicho, nos engañamos si creemos que esta crítica al capitalismo entero derivará hacia las consabidas postulaciones de su inexorable destierro radical de la vida humana. Para Verdú esta “crisis” conllevará el efecto depurador del que llama capitalismo de ficción (especulativo, consumista y frívolo), de tal manera que los estremecimientos que oímos y que nos invaden vienen a ser (“en la apoteosis de la depresión”) el posible verdadero éxito moral del capitalismo, es decir, la reconquista de valores y prácticas vinculados al trabajo real y productivo, al habituamiento de conductas de frugalidad; a la imposición de nortes sustantivos alejados de los gustos por la nadería; a la consideración de la historia como una senda única que, a lo largo del tiempo, vamos haciendo entre todos y donde el trozo que nos corresponda construir condicionará la vida de todas las generaciones posteriores (un “efecto mariposa” peculiar y más severo), por lo cual nuestro carpe diem (vive el hoy y los demás que se las arreglen) probablemente será sustituido por una conciencia más solidaria con el porvenir gracias a un intercambio más humano y benigno con el presente.
Ese que para Verdú será el probable desenlace de la actual puesta en escena planetaria, se funda en que, ni más ni menos, se trata de la tan largamente anunciada Tercera Guerra Mundial que nos está abordando en un campo de batalla y con unas armas que nadie esperaba, pero con idénticos resultados de catástrofe. En efecto, se trata de una conflagración cuyos relámpagos llegan a todas las costas, bélicamente incruenta en el sentido tradicional, es decir, no hay derramamiento de sangre (es un decir) pero que provoca un sinnúmero de víctimas, especialmente de entre los civiles, ignorantes (también es un decir) de lo que se almacenaba en los estómagos opacos de las nubes. Así, pues, estamos en medio de una guerra más que mundial global, tanto implosiva como depresiva, de esas que cada medio siglo, apunta Verdú, saltan a la yugular del capitalismo para desangrarlo como condición previa a la renovación de su torrente circulatorio.
Así, a la pregunta de si se trata del fin del capitalismo, el autor nos responde que éste “hace años ha dejado de ser un sistema determinado y sus condiciones forman parte de la condición misma de la Humanidad.” De allí que el posible despliegue de los actuales tumultos en el mismo corazón del capitalismo resultará en un hondo reordenamiento que lleve a cancelar la primacía de lo económico y dé lugar a “la desintegración del dinero” y a la “muerte del automóvil”, por ejemplo, como iconos de la perversión consumidora; a la nueva política como revolución de lo horizontal contra el verticalismo, más extendida, más socializada, más comunitaria y vinculada a las necesidades cualitativas de la vida.
En síntesis, esta inesperada Tercera Guerra Mundial no es la erradicación sino la mutación profunda de un sistema (que no es poca cosa) y de las condiciones esenciales de la vida humana donde la sociedad no se abandonará a sí misma ni exclusivamente en las manos del mercado para impedir que se repita el fatídico y desatinado desmejoramiento en la calidad de materiales y de personas que hemos conocido desde hace medio siglo. Así, pues, gracias a que el siglo XX ensayó todas las utopías del siglo anterior y sus fracasos consiguientes, ahora se podrá ingresar en el realismo reformador, es decir, no se debilitará el impulso transformador pero se lo mantendrá sin intermediarios improductivos, con la recuperación de proyectos de vida y de sentidos, y con una estructura de decisiones socialmente más horizontal, la “anarquía armónica” de que habla Salvador Pániker. Seguramente, supongo, no será eso lo que suceda, o al menos no lo será de manera estricta pues la historia, aunque de menú corto, es muy imaginativa y el conejo siempre salta del sombrero que menos esperamos.





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11 de Junio, 2009
Creo, como dice Sen en su ensayo Capitalismo, más allá de la crisis, que realmente ya el mundo occidental había dejado el capitalismo simple del siglo XIX, si bien es cierto, la desregulación de mercados como el financiero encuentra sus ecos en aquellos tiempos. No creo que el capitalismo esté muerto, pues en realidad, no creo que tenga una alternativa viable: ¿Pero quién duda que el Estado debe jugar un rol determinante en la regulación -que no intervención- de los mercados?