Artes
Putin vs. la verdad
Por Orlando Figes New York Review of Books “Dentro de los archivos de Stalin: Descubriendo la Nueva Rusia,” por Jonathan Brent, Atlas & Co., 335 páginas, $26 En 1991, durante los últimos días de la Unión Soviética, estaba trabajando en el Archivo de Historia Militar en Moscú. El complejo de edificios que contienen los archivos estaba en [...]
Por Orlando Figes
New York Review of Books
“Dentro de los archivos de Stalin: Descubriendo la Nueva Rusia,” por Jonathan Brent, Atlas & Co., 335 páginas, $26
En 1991, durante los últimos días de la Unión Soviética, estaba trabajando en el Archivo de Historia Militar en Moscú. El complejo de edificios que contienen los archivos estaba en ruinas. Los vidrios estaban rotos y los gatos callejeros circulaban por las escaleras de la sala de lectura. Las lámparas de los escritorios no tenían bombillos y no había calefacción. La mitad de los archivadores se habían ido por la mala paga. Un tanto surrealista, un tanque del ejército soviético yacía en el jardín interno del complejo. El director me dijo que lo había comprado como una atracción a un precio muy barato: era parte del “plan de negocios” del archivo. El año pasado regresé al archivo. Los edificios no estaban en mejores condiciones y el personal era igual de maleducado, según los recordaba de la época soviética. El tanque ya no estaba pero en su lugar había una shestyorka, un Mercedes S-600, el carro común de los oligarcas menores, nuevecito y con vidrios ahumados. Me dijeron que era de uno de los directores del archivo.
El colapso del régimen soviético le dio nuevas oportunidades comerciales a los directores de los archivos rusos. En los primeros años caóticos del gobierno de Yeltsin, cuando se les permitía manejar los archivos como un dominio personal, se podía ganar dinero de los periodistas y editores que corrieron a Moscú (y rara vez a San Petesburgo) en busca de secretos y noticias senacionales en las bóvedas. Había historias de editores occidentales comprando los derechos exclusivos de los archivos, de convenios hechos para preservar parte de ellos para algunos investigadores occidentales y hasta rumores de que se vendieron ciertos documentos preciados.
Para los académicos también hubo verdaderas ganancias. Intelectualmente, el final del comunismo fue una liberación para los historiadores. Podían viajar a Rusia, trabajar en los archivos libremente y publicar lo que quisieran, sin temor a las retribuciones de autoridades soviéticas.
Para entender esta liberación, uno tiene que apreciar lo que era trabajar en los archivos soviéticos como un extranjero. Para trabajar en mi primer libro, entre 1984 y 1987 estuve en el Archivo Estatal Central de la Revolución de Octubre (TsGAOR), ahora el Archivo del Estado de la Federación Rusa (GARF); un libro sobre los campesinos durante la Revolución Rusa y la Guerra Civil. En ese entonces había solo un puñado de historiadores extranjeros trabajando en el archivo. No teníamos acceso a los catálogos (no fue hasta 1986 que se hicieron disponibles) así que nuestra única información sobre los contenidos del archivo venía de las notas al pie de página de las publicaciones soviéticas. El sistema trabajaba bajo el principio de preservar todo, pero solo admitir la existencia de aquellos materiales aprobados para publicación por los historiadores soviéticos.
Cualquier solicitud nuestra para un documento lo vetaba una mujer de la KGB. Como extranjeros teníamos que trabajar en una sala de lectura aparte, sin acceso al cafetín, para que no entráramos en contacto con los historiadores o archivadores soviéticos que pudieran ayudarnos con nuestro trabajo. Había un solo error en el sistema: la sala de lectura de los investigadores soviéticos compartía un baño con el de los extranjeros. En esos tiempos yo fumaba, así que iba frecuentemente, y conversaba con los historiadores y archivadores soviéticos, a quienes les gustaban mis cigarrillos occidentales y estaban felices de averiguarme los números de los archivos necesarios para mi trabajo.
1.
Jonathan Brent es el editor del Yale University Press. En Enero de 1992 llegó a Moscú por primera vez y con la ayuda de Jeffrey Burds, un joven investigador norteamericano, intentó persuadir a los directores de los archivos centrales más importantes de Rusia que hicieran negocios con el. El plan de Brent era publicar una serie de volúmenes de documentos selectos de los recién abiertos archivos soviéticos, empleando investigadores norteamericanos y archivadores rusos como editores —un proyecto que se convirtió en “Los Anales del Comunismo”, de los cuales ya se han publicado veinte volúmenes (y otros diez están en preparación), sobre varios temas de la historia soviética. En la primera parte de su agradable y bien escrita memoria, “Dentro de los Archivos de Stalin”, Brent cuenta la historia del génesis del proyecto. Evoca al Moscú de principios de los años 90, un tiempo cuando los rusos luchaban por recuperarse de la pérdida de las certezas de antes tras el colapso del sistema soviético, y adaptarse a una economía basada en el mercado. En su primera visita al antiguo Archivo del Partido, Brent notó “un pequeño florero con violetas frescas” al pie de una estatua de Lenin; en una visita posterior nota que estas fueron reemplazadas por flores de plástico; y luego las flores desaparecen.
Había editores occidentales rivales que tal vez pagaran más por el sensacional material de los archivos. Pero el afable norteamericano fue guiado por Burds y sus amigos de la comunidad estudiosa rusa, quienes le recomendaron a Brent que enfatizara sus intenciones eruditas y mostrara respetos por los rusos. “No entres como el héroe conquistador; no seas el americano engreído; no los menosprecies porque su sistema falló y el nuestro triunfó.” Al sentarse por primera vez con los oficiales de los archivos, Brent hizo algo que Burds le dijo que hiciera: abrió un paquete nuevo de cigarrillos Winston y los ofreció por toda la mesa de negociaciones y aceptó la contra oferta del paquete de cigarrillos rusos como un gesto de respeto. Y luego Brent hizo un discurso ingenuo sobre cómo había “crecido bajo el signo de la Guerra Fría” y había vivido aterrado de un ataque nuclear; también como escuchaba “el disco del Coro del Ejército Rojo que tenía mi padre y marchaba alrededor del apartamento con sus gloriosas melodías”; como pensaba que “era imposible que la gente que cantaba tales canciones…fuera mi enemigo”; y como ahora había venido a Moscú “con la esperanza de poder negociar en buena fe y llegar a un acuerdo que pudiera enriquecer a ambos lados de la mesa.”
“Tal vez hablé demasiado pero quería dejar claro que para mi esto no era solamente un negocio: era un intento de entender un enigma que no era una serie de preguntas académicas políticas, sino el contexto de mi experiencia de vida y la de norteamericanos de mi generación.”
Uno solo puede imaginarse lo que pensaron los directores de los archivos rusos de tal discurso, pero lo que los convenció de hacer negocios con Brent fue algo relativamente directo: les prometió que como editores de los volúmenes publicados se les pagarían regalías en dólares en los mismos términos que a los norteamericanos. Una vez que estuvo claro que podían ganar dinero —y que a los investigadores de sus archivos también se les pagaría-rápidamente revelaron las riquezas de los archivos y negociaron los contratos de las publicaciones en Norteamérica. La lista inicial de temas (el Gran Terror, la Iglesia y La Revolución, el Comitern y las represiones de 1930) fue complementado por otros volúmenes sobre la Revolución Rusia, el último diario de la Emperatriz Alexandra, el asesinato de la familia Romanov y el espionaje soviético en los Estados Unidos. No había mucho que Brent no estuviera dispuesto a comprar.
Lo que no quedó claro fue si Yale tendría derechos exclusivos fuera de Rusia, como insistió que debía tener (es más, hay muchos casos donde los rusos le vendieron los mismos archivos a varios editores); si habría una publicación rusa de todos los documentos (y de haberlos, quien los pagaría); y si los otros investigadores, de Rusia y del extranjero, tendrían acceso a los archivos mientras se preparaba la publicación de los académicos norteamericanos seleccionados por Yale como editores (los académicos tienen bastantes quejas de este tema).
Brent reconoce que “era vital que los libros se editaran en ruso; de lo contrario, ¿no era una forma de saqueo? De otra forma, como penetraría este conocimiento la sociedad rusa? Y sin este conocimiento, ¿cómo se podía construir una sociedad nueva?”
Esta era una admisión importante, porque en ese tiempo había una muy publicitada protesta de los nacionalistas y comunistas rusos por el “robo” de los archivos rusos de parte de extranjeros, acusados de manchar la historia soviética enfocando la atención en sus puntos más oscuros. Como Brent explica, se evitó un problema potencial negociando subsidios para la publicación rusa de los volúmenes en la serie que hizo Yale, dejando los archivos individuales decidir que documentos agregar o quitar en cada volumen, aunque hasta la fecha sólo se han publicado en Rusia catorce de los veinte hechos por Yale.
2.
Los “Anales del Comunismo” es una iniciativa admirable. Contiene parte de las revelaciones más importantes de los archivos de la antigua Unión Soviética publicadas por primera vez.
Muchos de los volúmenes han combinado exitosamente la publicación de material nuevo con el análisis original. Pero los otros han sido menos exitosos, ya sea porque los documentos en sí son relativamente insignificantes o porque incluyen comentarios académicos llenos de lenguaje especializado.
En la segunda mitad de “Dentro de los Archivos de Stalin”, Brent resume algunos de los libros de la serie, (aunque sin dar detalles de sus autores ni una lista de los títulos en la bibliografía). La serie, nos dicen, culminará con la publicación de varios volúmenes de documentos de los archivos personales de Stalin. En el capítulo final, Brent tiene unas reflexiones interesantes sobre las notas de Stalin en los márgenes de los libros de su biblioteca privada:
“Mientras miraba página tras página de las correcciones, anotaciones y comentarios de Stalin, me di cuenta que mientras profesaba una visión de mundo radicalmente opuesta a la metafísica y al idealismo de Kant, Stalin era un idealista, en el sentido que creía completamente en la primacía de las ideas. Esto representa una reorientación y revisión radical, aunque casi invisible, de la filosofía de Marx y la clave para entender la amenaza de Stalin de “destruir sin misericordia cualquiera que por su comportamiento o pensamiento-si, pensamiento-amenace la unidad del estado socialista.”
El archivo personal de Stalin se abrió bajo la iniciativa de Alexander Yakovlev, el último jefe de propaganda del partido y la principal fuerza intelectual tras el programa de reforma de Mikhail Gorbachev, quien después de 1991 luchó por las víctimas de la represión e hizo campaña por un juicio moral de los crímenes de la historia soviética. Hasta su muerte en 2005, Yakovlev fue el presidente de la Fundación Internacional de la Democracia, establecida por el presidente Boris Yeltsin en 1996 que hasta ahora ha publicado no menos de ochenta y seis volúmenes de documentos de los archivos soviéticos en su magistral serie “Rossiia: XX vek” (Rusia: El Siglo Veinte”).
Esto representa de lejos la más importante serie de documentos publicados en Rusia, aunque hay varios proyectos menores que también han logrado llamar la atención de los lectores académicos rusos, que condenan el material nuevo de los archivos sobre la represión de los años de Stalin. Algunos volúmenes en la serie Yakovlev han sido publicados con la ayuda de instituciones occidentales, incluyendo la Institucion Hoover y la Prensa de Yale University. Desafortunadamente, Brent no discute el impacto de estas publicaciones rusas en el debate público sobre el estalinismo en Rusia, aunque es evidentemente parte de su misión (como lo era de Ykovlev) para ayudar a la sociedad rusa a democratizarse a través de un mejor entendimiento de su historia reciente.
Ciertamente, estas eran las metas de los demócratas rusos en los años 90, cuando las organizaciones como Memorial, un centro de investigaciones de derechos humanos e históricos representando millones de víctimas de la represión soviética, estaban en el pináculo de su autoridad y con apariciones frecuentes en los medios públicos. Se asumía que si Rusia se iba a democratizar, si iba a renunciar a los hábitos autoritarios del pasado soviético, tenía que haber una genuina reforma moral y cultural de la nación que solo podía comenzar con un reconocimiento inquebrantable de los crímenes cometidos en su nombre durante la era estalinista.
En los años 90 esto se entendió como un acto de arrepentimiento nacional, un exorcismo del pasado, en donde se reconocía tácitamente que la sociedad entera era colectivamente responsable por las políticas homicidas de sus líderes. Como escribió el historiador ruso Mikhail Gefter, no servía de nada echarle toda la culpa a Stalin cuando el verdadero poder y el legado duradero de su reino de terror estaba “en el estalinismo que entró en todos nosotros.”
Muchos rusos se sentían incómodos al ser confrontados con estas verdades inconvenientes sobre su pasado. Preferían no pensar en absoluto en el pasado, para poder vivir vidas normales y pensar en el futuro en vez de rumiar lo que ellos, o sus padres, pudieron haber hecho para sobrevivir en los años de Stalin: las concesiones morales que hicieron; la gente que perdieron, olvidaron o abandonaron; las preguntas que nunca hicieron. Después de todo, así tuvieron que vivir durante la Unión Soviética, y estos hábitos de conformidad continuaron a afectar la forma como vivieron después de 1991.
Otros resintieron que les dijeran que debían avergonzarse de la historia de su país. Los criaron con los mitos soviéticos: el poder liberador de la Revolución de Octubre, los grandes avances de los Planes de Cinco Años, la victoria contra Hitler en 1945, los logros culturales, científicos y tecnológicos de los soviéticos. ¿Por qué debían avergonzarse sobre lo que pasó bajo Stalin? Cometió errores, pero ganó la guerra e hizo de la Unión Soviética un gran poder. ¿Por qué debían tolerar que los extranjeros “mancharan” su historia? Estos eran los sentimientos de los “patriotas” rusos y ellos están al centro del nacionalismo que apuntala el régimen de Vladimir Putin.
Desde el comienzo, Putin entendió la importancia de la retórica histórica para su política nacionalista, particularmente si servía para la nostalgia popular por la Unión Soviética. El colapso de la Unión Soviética fue como una humillación para la mayoría de los rusos. En pocos meses perdieron todo-un imperio, una ideología, un sistema económico que les daba seguridad, posición de súper poder, orgullo nacional y una identidad forjada por la historia soviética. Poco después del colapso soviético los rusos cayeron en la pobreza y el hambre y se volvieron dependientes de la ayuda occidental, que a su vez los sermoneaba sobre la democracia y los derechos humanos.
Todo lo que ocurrió en 1990 —la hiperinflación, la pérdida de los ahorros y la seguridad de la gente, la corrupción y la criminalidad rampantes, los oligarcas-ladrones y el presidente borracho-era una fuente de vergüenza nacional. Este fue el terreno abonado donde creció la nostalgia por la Unión Soviética. Las encuestas del año que Putin llegó al poder mostraban que tres cuartas partes de la población Rusa lamentaba el desmoronamiento de la URSS y quería que Rusia reincorporar territorios “rusos” que se habían perdido, tales como Crimea y Ucrania del Este.
Putin rápidamente edificó su propia mitología, combinando los mitos soviéticos (sin el empaque comunista) con elementos estatistas del Imperio Ruso antes de 1917. Su régimen estaba conectado y sancionado por una larga “tradición rusa” del poder fuerte del estado—basado en el fundador del imperio Pedro el Grande y en la ciudad natal de Putin, San Petesburgo.
A través de esta mitología, Putin alimentó la idea de que las tradiciones de mandatos autoritarios en Rusia eran moralmente equivalentes a las tradiciones democráticas de Occidente, y que Rusia seguiría su propio camino de “democracia soberana” sin lecciones por parte de Occidente. Ciertamente sus seguidores frecuentemente dicen que valoran un estado fuerte, el crecimiento económico y la seguridad más que los conceptos liberales sobre derechos humanos o democracia, que no tienen raíces en la historia rusa.
3.
La rehabilitación de Stalin es el elemento más perturbador de la retórica histórica de Putin—y el más poderoso, porque explota profundamente el anhelo de los rusos por un “líder fuerte”. De acuerdo a una encuesta de 2005, 42 por ciento de los rusos y 60 por ciento de aquellos mayores de 60, quieren el regreso de un “líder como Stalin”.
El régimen de Putin no le ha negado sus crímenes a Stalin (ha dado varios discursos sobre las víctimas del Gran Terror de 1937/38) pero sostiene la necesidad de ponerlos en la balanza junto con los logros de Stalin como el constructor del “glorioso pasado soviético” del país. Es parte de la lucha más grande del régimen de imponer su narrativa “patriótica” de la historia soviética en la consciencia histórica de la nación, y marginar la memoria colectiva de las represiones estalinistas, tal vez para que la gente no se agarre de allí para cuestionar el retorno de un mandato autoritario.
En una conferencia nacional de profesores de bachillerato en Moscú en Junio de 2007, Putin se quejó del “desastre y confusión” que percibía en la enseñanza de la historia soviética y hacia un llamado para ponerle “niveles comunes” a su enseñanza en los colegios rusos. La siguiente discusión tuvo lugar allí:
“Un participante a la conferencia: en 1990/91 nos desarmamos ideológicamente. (Adoptamos) una ideología humana muy incierta y abstracta…es como si regresáramos al colegio, o hasta al kínder. (Occidente) nos dijo: han rechazado el comunismo y están construyendo la democracia y los juzgaremos sobre lo que han hecho cuando lo hagan…
Putin: usted comenta sobre alguien que asume la postura de maestro y empieza a dictar cátedra de forma correcta. Pero quiero añadir esto, sin duda, es también un instrumento de influencia en nuestro país. Este es un truco que ya está probado. Si alguien de afuera se prepara para hacernos el examen, esto les da el derecho a manejarnos y querer seguir haciéndolo.
Participante: en la últimas dos décadas, nuestra juventud ha estado sometida a un torrente de información de lo más diversa sobre nuestro pasado histórico. Esta información contiene diferentes enfoques conceptuales, interpretaciones, o juicios de valor y hasta cronologías. En tales circunstancias, el maestro puede…
Putin (interrumpiendo): oh, escribirán seguro, muchos textos se han escrito por aquellos pagados con donativos extranjeros. Y naturalmente están bailando la polka bajo las órdenes de quienes les pagan. ¿Entiendes? Y desafortunadamente (esos textos) llegan a los colegios y universidades.”
En su discurso de cierre a los profesores de historia Putin dijo:
“En cuanto a algunas paginas problemáticas de nuestra historia-si, las hemos tenido. Pero ¿qué estado no los ha tenido? Y, hemos tenido menos que otros estados. Y los nuestros no han sido tan horribles como los de otros. SI, hemos tenido páginas terribles: recordemos los eventos que comenzaron en 1937, no los olvidemos. Pero otros países no han tenido menos y hasta más. En cualquier caso, no le echamos químicos a miles de kilómetros o dejamos caer bombas siete veces más que a otros (países) durante toda la Segunda Guerra, a un país pequeño, como fue en Vietnam, por ejemplo. Ni tenemos otras páginas negras como el nazismo, por ejemplo. Toda clase de cosas ocurren en la historia de los estados. Y no podemos dejarnos culpababilizar…”
Cuatro días después de la conferencia, el Duma introdujo una ley que pasó rápidamente, dándole poder al Ministerio de Educación para decidir cuales libros de texto se publicarían y usarían en las escuelas rusas.
Los textos de historia favorecidos por el gobierno fueron ampliamente promovidos por los oficiales gubernamentales asistentes a la conferencia. De hecho, luego resultó que “La historia moderna de Rusia, 1945-2006: Un manual para el profesor” lo comisionaron directamente desde la administración presidencial, que había emitido las siguientes directrices para los autores sobre cómo debían evaluar a los líderes de ese período:
“Stalin-bueno (fortaleció el poder vertical pero no la propiedad privada); Khrushchev-malo (debilitó el poder vertical); Brezhnev-bueno (por las mismas razones que Stalin); Gorbachev y Yeltsin-malo (destruyeron al país pero bajo Yeltsin había propiedad privada)”
El autor principal del texto fue Alexander Filippov, el director del grupo de pensadores encargados de la política exterior y muy conectado al gobierno de Putin. Pero el capítulo sobre “Democracia Soberana” lo escribió un joven de treinta y un años de edad, Pavel Danilin, propagandista del Kremlin y editor en jefe de www.kremlin.org, un hombre sin diploma en historia, ni experiencia como maestro de nada. Danilin dijo en una entrevista:
“Nuestra meta es hacer el primer texto donde la historia de Rusia no parezca una secuencia deprimente de infortunios y errores, sino algo que pueda sembrar orgullo por tu país. Es precisamente de esta forma que los maestros deben enseñar historia y no arrastrar a la madre patria por el lodo.”
En su blog (donde sale bajo el nombre de Leteha) Danillin le advierte a cualquier profesor que tenga descontento con la imposición de este mensaje positivo:
“Podrán sudar bilis, pero le enseñarán a los niños con esos libros que les daremos, y de la forma necesaria para Rusia…es casi imposible dejar que algún rusófobo huele peo (govniuk), o cualquier tipo amoral, enseñe historia rusa. Es necesario aclarar el sucio y si no sirve, aclararlo por la fuerza.”
El primer uso de fuerza en esta batalla ideológica vino el 4 de Diciembre de 2008, cuando un grupo de hombres enmascarados del Comité de Investigaciones de la Oficina de la Defensoría General entró por la fuerza, con cachiporras policiales, a las oficinas de los pioneros de Memorial, en San Petesburgo, que desde hace veinte años investigan las represiones estalinistas en la Unión Soviética. Tras una requisa, los hombres confiscaron los discos duros con todos los archivos de Memorial en San Petesburgo: bases de datos con información biográfica de más de 50.000 víctimas de la represión; detalles sobre gente enterrada en el área de Petesburgo; archivos familiares, memorias, cartas, grabaciones de sonido, transcripciones de entrevistas, fotografías y otros documentos sobre la historia del Gulag y el Terror Soviético entre 1917 y 1960 (incluyendo los materiales recopilados en Memorial para mi libro “The Whisperers”). Entre los objetos confiscados estaba la colección íntegra de materiales del Museo Virtual del Gulag (gulagmuseum.org), una iniciativa muy necesaria para rescatar los objetos, fotografías y documentos invalorables de más de cien pequeñas exposiciones bajo amenaza alrededor de Rusia (un país donde hay un solo museo sustancial del Gulag, Perm-36, en los Urales).
No hay malentendido en el mensaje de la redada. Se hizo la víspera de una gran conferencia internacional en Moscú sobre “La Historia del Estalinismo: Resultados y Problemas de Estudio”-la primera conferencia de tal escala-organizada por el comisionado de derechos humanos para la Federación Rusa, la Fundación Yeltsin, el Archivo del Estado de la Federación Rusa, el Instituto de Información Científica para las Ciencias Sociales, el editor de Rosspen (que publicó muchas de las colecciones de documentos de los archivos de Stalin) y la Sociedad Memorial.
Al mismo tiempo, salieron dos artículos atacando a Memorial en la edición especial de diciembre de Russkiizhurnal (Diario Ruso), “Sobre la Política de la Memoria,” publicado para que coincidiera con la apertura de la conferencia en Moscú, donde lo distribuyeron entre los delegados. Los artículos señalaban el inicio de una lucha ideológica contra Memorial y otros “elementos antipatrióticos” que han tratado de “debilitar a Rusia” cargándola de culpa sobre su propia historia. “Rusia ha dejado de ser soberana sobre su propia memoria histórica, que ahora está en peligro de ser tomada por invenciones extranjeras,” escribió Gleb Pavlovskii, el editor del diario y un asesor de Putin, en uno de los ataques a Memorial, un artículo titulado “Malo con la memoria-malo con la política.” Russkiizhurnal está alineado con el pensamiento del Kremlin sobre política exterior e ideología. Danilin es un contribuyente frecuente de la revista. Su libro “Vragi Putina” (Los Enemigos de Putin”) lo publicó Pavlovskii.
Cualesquiera eran las intenciones de esta campaña preocupante, no es realista para el gobierno actual de Rusia que intente alterar el record histórico de los crímenes de Stalin. Al abrir los archivos y publicar su documentación por iniciativas internacionales como los “Anales del Comunismo”, y el trabajo de organizaciones tales como Memorial, lo han hecho imposible, y aunque los archivos se han comenzado a cerrar en los años recientes, no podrán volver a la forma de trabajar de los años soviéticos.
Sin embargo, mientras el régimen siga suprimiendo la memoria colectiva de la represión y busque reemplazarla con el mito “patriótico” del pasado soviético, hay poca esperanza de que Rusia enfrente su herencia estalinista o se convierta en una democracia genuina en paz con sus vecinos y el mundo.
Por el momento, todo lo que se puede hacer en Occidente es apoyar las instituciones rusas para que preserven la memoria de la represión en la Unión Soviética. Este año, por tercera vez en tres años, la Sociedad Memorial ha sido nominada para el Premio Nobel de la Paz. Tal vez sea hora de que gane.
(Orlando Figes es Profesor de Historia en Birkbeck College, London University. Su ultimo libro es “The Whisperers: Private Life in Stalins Russia.”)
Traducción: Gabriela Gamboa





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18 de Mayo, 2009
A veces una reseña es como un espejo donde podemos mirarnos y comprendernos un poco más.