Por Alejandro Oliveros | 27 de febrero, 2009

Ferrara, viernes 27 de febrero de 2009

Después de leer durante horas al brujo Carl Schmitt, es un placer regresar a la luminosidad mediterránea de Giorgio Colli. Dioniso, con su fatal exaltación de la irracionalidad, frente a Apolo y su llamado, igualmente peligroso, a la medida. Con ninguno de los dos, en exclusividad, hay salvación. La irracionalidad, en las dosis necesarias, es una necesidad para el alma y, no menos, para nuestros fragmentados cuerpos. Del otro lado, la razón, sin medida, es tan lamentable como la demencia ciega. En PLATONE POLITICO, Colli, alejado de toda pretensión oracular, una tendencia a la que sucumbió la “trilogía tudesca de Delfos”, como me gusta llamarla (Heidegger, Schmitt y Junger) nos regala un Platón contextualizado de la manera más lúcida y grata. Sentimos que estamos en familia cuando nos habla de la noble Perictione, la madre del filósofo, la cual contaba entre sus antepasados a no otro que el legendario Solón. Y de los primeros dos grandes ídolos del autor de FEDRO, a saber Crizia y Alcibíades. La fascinación que ejerció el primero en su formación, y con el cual, por ser primo de su madre, tuvo privilegiado contacto. Y Alcibíades, a quien apenas conoció pero señaló su sensibilidad. Se detiene Colli en las convicciones aristocráticas que lo condujeron, a él y su familia, a desconfiar de la experiencia democrática y a simpatizar con la aristocracia promovida por Esparta. En ese tono sigue PLATONE POLITICO. Un cuento maravilloso, para introducirnos a la doble vocación del joven ateniense, la de político y filósofo. Y a la elección definitiva, luego de su encuentro con el sileno y sibilino Sócrates. PLATONE POLITICO fue escrito en 1937 y es un llamado a la confianza, limitada y crítica, en los poderes de la razón. Para ese entonces, el “brujo” Schmitt se había dejado seducir por el mayor de los brujos, aquel oscuro Adolf surgido de los bosques enfermos de su Austria natal.

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El viernes transcurre sin mayores sobresaltos en estas orillas del gran charco. Los europeos no parecen darse cuenta de la tormenta de arena y nieve que se aproxima. Por la prensa venezolana, me entero del secuestro de un conocido banquero, familia del difunto amigo Juan Liscano, en las calles de Caracas. Estamos viviendo los últimos días de la Venezuela que conocimos y, como los europeos, no parece que queramos darnos cuenta. El crimen, como la peste londinense de Defoe, que le sirvió de modelo a Camus, se sigue introduciendo por nuestras puertas y ventanas. El dinero fácil y la corrupción amparada le sirven de apoyo. Ya no “queda títere con gorra” en esta Venezuela de la quinta de las repúblicas, tan inoperante como las otra cuatro, si alguna vez las hubo. De cuello blanco, azul, negro o rojo, los criminales pasean sus fortunas en los Betram y Hatteras de blanco inmaculado y pies desmesurados. Las masas incalculables de dinero corrompido los convierten en personajes apetecidos y son bienvenidos en nuestras residencias, tan discretas a la mirada de otros humanos. Los recibimos con la mentida intención de redimirlos, de que vuelvan a ser como antes, cuando eran nuestros amigos y ciframos en éllos no pocas esperanzas. La resistencia se hace flaca, mientras el crimen se ensancha y lo grotesco se hace “fashionable” y la estupidez un “charming” atributo. Cada vez parece mayor nuestro “detachement” con respecto a los viejos ideales. Los valores platónicos se traducen en euros y libras esterlinas, canadienses o australianas. No le fue bien a Platón en su incursión siracusana. Tampoco a Heidegger en sus coqueteos con la fauna berlinesa. Ni le irá bien a nadie que no reconozca al poder absoluto como enfermedad terminal. Un mal que sólo conoce esperanzas de ser erradicado en una resistencia que se niega a claudicar y acceder a las tentaciones tantas de una plutocracia súbita e indeseable.

Alejandro Oliveros 

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