Por Alejandro Oliveros | 24 de Febrero, 2009
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Valencia, sábado 21 de febrero de 2009

De nuevo hago preparativos para un corto viaje. Esta vez, resultado de la decisión de pasar mi cumpleaños en Ferrara con Constanza. Ha comenzado a trabajar y ya no será tan fácil que venga a Venezuela de visita. Ni será tan fácil, intuyo, ir a visitarla. Ha sido la voluntad de los que lo pueden todo, los dioses, mantenernos tan alejados. Nada menos que todo un Atlántico, con sus aguas, lunas y estrellas. Nunca me imaginé este destierro, este destino. Pero eso es el destino, lo que no imaginamos. A menudo trabajamos para conseguir algo y la vida nos depara otra cosa. El destino es lo que no imaginamos. Nada más irrefutable.

Caracas, sábado 21 de febrero de 2009

T.J. Clark, el profesor británico, es con Theodore Zeldin, uno de los más serios estudiosos de la cultura francesa del siglo XIX. Todos sus títulos son imprescindibles, desde sus primeros papeles hasta el más reciente, FAREWELL TO AN IDEA, casi un auto-da-fe, donde reconoce el fracaso de las ideologías de procedencia marxista en las cuales, como tantos de nosotros, confió durante tanto tiempo. Lo primero que le conocí fue THE ABSOLUTE BOURGEOIS. ARTISTS AND POLITICS IN FRANCE 1848-1851, escrito a finales de los sesenta y publicado en 1973, lo mismo que IMAGES OF THE PEOPLE. El centro alrededor del cual giran muchas de sus aproximaciones es Gustave Courbet, el megalómano genio de “Taller del artista”, “El origen del mundo” o “Buenos días, Monsieur Courbet”. Clark pertenece a la escuela de los grandes historiadores del arte de izquierda, a la cabeza de la cual me gusta situar a Meyer Scapiro, el discreto e iluminado docente de Columbia. Son “pensadores del contexto”, como me gusta llamarlos, enemigos del limitado “close reading”, que pretendía leer la obra de arte, o el poema, como un objeto sin otra historia que sus signos. Nada de lo que se encuentre alrededor, sostenían, debe ser considerado. Una exégesis que, por acartonada, resulta, no pocas veces, somnolienta. Clark no es un Hausser inglés, con todo el respeto debido a Hausser. Mucho menos el intolerante y desperdiciado Lukács de EL ASALTO A LA RAZON. Más moderno y menos sectario, Clark piensa, y es lo que todos debemos pensar, y estamos pensando, después del radicalismo anticontextualizador de finales del XX, que ninguna obra de arte es autónoma. Y que ningún artista o poeta es hijo del teflón. Que Mallarmé no es independiente del París de su época y que Breton y el surrealismo no pueden ser entendidos sin tomar en cuenta la particular situación europea del período de “l’entre deux guerres”.

A su favor cuenta el profesor Clark con una prosa justa y elegante, a ratos apasionada y siempre recorrida por la mejor simpatía con los asuntos que trata. Las que siguen son algunas líneas de las primeras páginas de THE ABSOLUTE BOURGEOIS, dedicadas al levantamiento de 1848, que depusiera a Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses por la gracia de la revolución de 1830, aunque no de Francia; protector desengañado de la política del “laissez-faire”; jacobino en sus años de juventud y partidario de la Santa Alianza en los de su vejez.

“La Revolución de febrero de 1848 duró tres días, derrocó a la monarquía y la reemplazó por una república… La revolución fue un triunfo de las clases burguesas. Un triunfo, sin embargo, que terminó atemorizándolas. En París y en las provincias participaron en las celebraciones, bendijeron el árbol de la libertad y le dieron la bienvenida al voto. Pero, al mismo tiempo, comenzaron a preocuparse por sus ganancias y propiedades, de modo que sacaron el dinero de las acciones, lo escondieron bajo el colchón y comenzaron a hablar de excesos y peligros. En las primeras semanas de marzo hubo una etapa de éxtasis y líricas ilusiones. Había una esperanza infinita en un futuro de hermandades y uniones, una retórica que unía religión y política y una confianza ciega en la ciencia y la industria. Pero aquella euforia no duró mucho. La alianza entre el pueblo y la burguesía, sobre la cual se había levantado, comenzó a fracturarse.”

Para junio del mismo 1848, el sueño había terminado. Cincuenta mil hombres y mujeres armados, provenientes de los barrios del este de París, enfrentaron al ejército y la “Garde mobile”. Cuatro días más tarde, el 26 de junio, el levantamiento popular fue ahogado en abundante sangre. La burguesía establecida había enfrentado a los trabajadores y a los incipientes pequeño-burgueses y los había derrotado. Se había apoderado completamente del poder, por primera vez, y lo mantendría hasta este día, con la efímera y traumática excepción de la Comuna. La historia de Francia, desde la toma de la Bastilla hasta la elección de Nicolas Sarkozy, es la historia, convulsionada pero sostenida, del ascenso de las clases burguesas. Propiciaron la desaparición del “Ancient régime” en 1789; animaron a Robespierre para luego cortarle la cabeza y enterrarla con la de Danton; se aprovecharon del delirio napoleónico y lo abandonaron para legitimizar la Restauración; elevaron a Luis Felipe y lo destronaron cuando ya no les servía. Inventaron la Revolución de 1848 y utilizaron a los trabajadores para luego reprimirlos en los días de junio. Apoyaron el “coup d’état” de Luis Bonaparte y lo apoyaron en sus ambiciones contra Alemania. A su caída, invitaron a los mismos alemanes para que fueran a París y acabaran con los “comunards”. Instauraron la Tercera República, la Cuarta y la Quinta y así.

Una historia acontecida como pocas. Hoy estas burguesías, una de caviar y Krug, y la otra de croissants y “crus bougeois” bordeleses, están bien asentadas en sus respectivos “arrondissements.” No obstante, desde la banlieu extraviada, nocturna y fría, comienza a insinuarse un inquietante olor a gasolina y cauchos quemados. La burguesía francesa vuelve a tener pesadillas. Bajo distintas apariencias, los oscuros e incómodos habitantes de la banlieu, son los protagonistas de estos sueños recurrentes. Tengo la impresión de que, a comienzos del XXI, la Revolución, para los franceses ha dejado de ser una institución perfectamente respetable, ese accidentado sendero que le permitió a la burguesía llegar al Eliseo.

Valencia, 5.35PM

Los cuerpos policiales han dado con los autores del asesinato de Orel Sambrano. Un crimen por encargo. Las denuncias de Orel habían molestado a algunos de los nuevos poderosos, surgidos a la sombra de un régimen que utiliza la violencia con fines inconfesables.

Valencia, Domingo 22 de febrero de 2009

Un mail de Roberto Conterno, desde Monforte d’Alba, en el piemonte italiano, para decirme de la muerte de Teobaldo Capellano. “Baldo” era uno de los pocos grandes productores de Barolo que quedaba en este planeta. Uno de los “últimos mohicanos”, como se llamaba a sí mismo el maestro Bartolo Mascarello, y como gustaba llamar a sus amigos y productores tradicionales. Como el mismo Bartolo, entre cuyos mejores amigos se contaba Norberto Bobbio, Baldo fue un representante de la mejor izquierda italiana, la que heredó de Berlinguer la lucidez y la elegancia. Un recuerdo gratificante y necesario en estos días en lo que un clown ha llegado a Presidente del Consiglio. Hombres cultos y desprendidos, pendientes de los grandes temas y atentos al progreso de los pequeños seres. Pienso en esos nobles nativos de esa noble región, Pavese, Einaudi, Ginzburg, Bobbio, Levi, Gatto. Salvando las distancias, por supuesto, le decía siempre a Baldo que me sentía como Primo Levi cuando, todos los años, se llegaba a casa de Bartolo para comprarle 6 botellas de su Barolo. La diferencia, entre otras, es que él sólo me vendía 3 y que, para compensar, nunca me dejaba regresar a Venezuela sin un enorme pedazo de CASTELMAGNO, esa gloria de los quesos italianos. La suya era una inteligencia superior, una de las más finas que me ha tocado disfrutar. Sus vinos todos, pero en especial su BAROLO PIEFRANCO, era su propio autorretrato. Si, en la opinión de F. Point hay vinos “sexy”, el Piefranco de capellano es el caldo más inteligente que he probado. El más inteligente y sensible. Ci vediamo, maestro.

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VIENNET

Jean Guillaume Viennet es de todo menos obvio. Su propio padre fue un personaje improbable. Aquel Monsieur Viennet, diputado de la Convención, que murió conocido como “l’honnet homme”, en una Francia donde todos se hacían pasar por honestos y nadie lo era. Jean Guillaume fue dotado por los dioses con uno de los dones menos envidiados: la facilidad para escribir versos. Brillante liceísta, se decidió por el más ensordecedor de los menesteres, el de oficial de artillería, al cual dedicó los mejores treinta de los tantos años de su vida. “M. Viennet dediat ses loisirs aux Muses”, dice mi edición de LES POÉTES FRANÇAIS, publicada hacia 1860 bajo los cuidados de Antonin Roche, Caballero de la Legión de Honor. “Loisirs” es tiempo libre, de ocio, que, seguramente, a pesar de los tiempos, le sobraba, porque escribió copiosamente en todos los géneros. Sus posturas neoclásicas y su tendencia a la polémica, las cuales, imagino, explicarían la escogencia de su oficio, lo convirtieron en víctima de la intriga literaria. Atacó a los románticos sin tomar en cuenta la vehemencia de estos poetas de la noche. Y se convirtió en una de sus víctimas. El romanticismo francés, aunque menos mediocre que el español, lo cual no parece probable, nunca conoció el genio del alemán o el inglés. Si no el mejor romanticismo, sí el más polémico. Que en esto descollan los franceses, en ser acuciosos comentaristas de lo que escriben germanos y británicos. Que EL SER Y LA NADA, de Sartre, sea un “footnote” de SER Y TIEMPO, de Heidegger, es sólo la manera, poco elegante y resentida, que ingenió George Steiner para referir esta situación. Como un personaje de Nathaniel Hawthorne, Viennet se hizo pasar por muerto durante quince largos años. Al cabo de los cuales publicó su mejor obra, un libro de fábulas en versos que mereció el aplauso de sus antiguos enemigos, los furiosos románticos franceses. Antes de la desaparición y del reconocimiento, había satirizado a los románticos en versos como estos:

C’est une verité qui n’est point la nature;
Un art qui n’est point l’art, de grands mots sans enflure;
C’est la melancolie et la mysticité;
C’est l’affectation de la naiveté;
C’est un model idéal qu’on voit dans les nuages,
Tout, jusqu’au sentiment n’y parle qu’en images.
……………………………………………………
Tout est beau, tout est grand; tous ses mots sublimes
C’est lá du romantique; il est charman, divin!
Cet auteur doit pretendre au plus noble destin.
Je voulus sur vers essayer ma critique;
Je fus apostrophé du surnom de classique;
Et, de cette heresie atteint et convaincu,
Sur ce nom flétrissant je restait confondu.

Viennet supo morir a tiempo, en 1868, dos años antes de la humillante captura del emperador Napoleón III, en el desastre de Sedán, a manos de no otros que los alemanes, los verdaderos inventores del romanticismo.

Caracas, Lunes 23 de febrero de 2009: RUFINO Y LOS HEROES

6.40pm

Andrés Boersner, en su reciente, RUFINO BLANCO-FOMBONA, ENTRE LA ESPADA Y LA PLUMA, reproduce estas líneas de POR LOS CAMINOS DEL MUNDO, publicado por Rufino en 1926:

“Empieza el fin de nosotros sin haber hecho nada y con capacidad y corazón para haber hecho algunas cosas. La culpa, principalmente, la tiene el país de barbarie en que nos tocó nacer. Se nos ha hecho vivir una vida de zozobra, provisional, inestable. Hemos tenido que irlo dejando todo para mañana, para el momento propio. Y la muerte comienza por sorprendernos en la espera. Pero no: la culpa no la tiene el país. La tienen los que han convertido a nuestra sociedad en una selva de tigres, hostiles a cuanto no sea crimen, ignorancia, bestialidad, rapacidad y servilismo. Sólo una lenta acción de buenas voluntades enérgicas, inteligentes, podrá corregir el medio, mejorándolo. Sólo un gran genio de acción podría modificarlo de súbito, convulsionándolo, volviéndolo de arriba abajo con las fuerzas plutónicas de que los genios disponen. Entretanto sólo pimpollecen allí especies inferiores.”

Es claro R.B.F. en las primeras líneas de la cita. Y, para muchos, justo. Lo que ha probado ser nefasto, en la breve historia de Venezuela, es ese llamado agónico al héroe de “fuerzas plutónicas” que ha sido interpretado por los distintos ejércitos como un llamado para que sacrifiquen voluntades en aras del bien colectivo, confundiendo agresividad con inteligencia y abuso de poder con carisma, profesando un agudo desprecio por la pluma y una confianza ciega en la espada. Lo de Gallegos y Delgado debe leerse como una irrefutable alegoría de este proceso. No sería extraviado afirma que los peores gobiernos han surgido de estas aspiraciones a que el héroe desplace a la polis. Y se olvida que la “tarea del héroe” a menudo es una forma mal disimulada de titanismo nefando. Cualquiera, menos los que son, pueden creerse ese genio que invoca el articulista. Y allí comienzan los problemas que, como sabemos, no son de un día ni dos.

7.30pm

Salgo mañana a encontrarme con Constanza en Ferrara para pasar mi cumpleaños juntos. Sólo una vez hemos estado separados para esta fecha. Y la recuerdo con un dejo de amargura, a pesar de todos los esfuerzos de mi hermano y mi querido Jeff Sokolin para que la pasara bien. Una hija única es una espina en el corazón, dice una canción medioeval. Y, cuando está lejos, la espina se clava más adentro. Dejo, durante diez días, un país marcado por la incertidumbre y en medio de una incómoda, como todas, crisis emocional. Crisis de la edad, podría decirse. Después de diez años de relaciones desiguales, la incomunicación entre gobierno y gobernados se profundiza. El proyecto existencial no es compartido. Las aspiraciones son divergentes. Hay algo de esquizofrénico en todo esto. Algo que no quisiera llamar fatalidad, pero que se le parece. En estos casos, actuar no es suficiente. Tratar de entender, de una vez por todas, es la única salida a lo que algún pesimista llamaría cul-de-sac.

Alejandro Oliveros 

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