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Perspectivas

Chalmers Johnson: el significado del imperialismo

Por Prodavinci | 27 de Enero, 2009
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Por Boris Muñoz

El nombre de Chalmers Johnson suena poco familiar por estas costas. Gran parte de su extensa vida la ha dedicado al estudio de Asía, lo que lo convirtió en una de las mayores autoridades estadounidenses en China y Japón. También ha sido consejero de varios gobiernos en análisis de entorno y dinámicas internacionales y fue analista externo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) entre fines de los 60 y mediados de los 70. Sin embargo, su nombre siempre ha sido sinónimo del pensamiento progresista en Estados Unidos. Sus artículos para la revista de izquierda The Nation, suelen poner sobre la mesa temas muy espinosos y nada fáciles de asimilar para el estadounidense, como el hecho de que la arrogante aplanadora imperial ha ido socavando las bases democráticas de la nación, hasta comprometer su carácter de república, una república democrática que era imperfecta pero institucionalmente sólida.

Johnson vive ahora retirado en una casa sobre una colina en las afueras de San Diego. Desde el comedor se disfruta de una agradable vista del océano Pacífico. Un ataque al corazón le ha dejado notorias dificultades físicas, pero intelectualmente está más vivo y productivo que nunca. Sus recientes libros, Blowback (2000), Las amenazas del imperio (2004) y el reciente Némesis (2006), han puesto al desnudo la inmensa red militar del imperio estadounidense y los sofisticados mecanismos a través de los cuales opera. Como señala Johnson, esa amplitud y extensión del dominio militar constituye en sí misma una realidad geopolítica. Pero el efecto de esa maquinaria es paradójico, pues está arruinando las bases económicas de la nación y, según concluye Johnson, podría llevarla a una bancarrota. Las amenazas del imperio contiene afirmaciones tan incómodas como ésta: “Haría falta una revolución para que el Pentágono volviera a estar bajo control democrático, o para acabar con la CIA, o incluso para considerar la idea de hacer cumplir el artículo 1 de nuestra Constitución”. No es extraño que periódicos como El New York Times no haya reseñado Némesis con el argumento de que su contenido podría ser demasiado perturbador para el lector promedio. Ese veto ha puesto a Johnson junto a Noam Chomsky en la lista negra de los intelectuales “incómodos” para Washington.

Hay una vieja discusión acerca de si Estados Unidos es o no es un imperio en términos formales. Sin embargo, guerras recientes como Afganistán y, en particular, Irak parecen despejar esta incógnita.

No hay duda de que los ideólogos a favor de la idea de un imperio, es decir, los neoconservadores están ya preparados para reconocer la presencia imperial de Estados Unidos en el mundo. Esto es, de hecho, algo nuevo. En el pasado, dada nuestra historia, los estadounidenses fuimos inclusive hipócritas con respecto a nuestra política exterior. Incluso solíamos negar que Estados Unidos fuese un imperio. Basta con recordar lo que una vez dijo Theodor Roosevelt. “¿Imperio? Por supuesto que no somos un imperio. ¿Expansionistas? Por supuesto. Está en nuestra sangre”. Ese el tipo de cosas que reflejan la actitud hacia el término imperialismo. Pero si se admite más abiertamente que somos un imperio, todavía no se aclara qué tipo de imperio somos. Se podría decir que somos un imperio sin colonias. En todo caso, un imperio compuesto en este momento de 825 bases militares en más de 100 países. Quizás a la clase dominante y liberal no le agrada reconocer esto, pero entre los neoconservadores ya se acepta. Sin embargo, hay un hecho que no se puede esconder y es la realidad ineludible característica militarista de nuestro imperialismo. Este elemento siempre ha estado presente en nuestra política, como bien se sabe en América Latina por las intervenciones, el apoyo a los regímenes dictatoriales y la creencia de que los militares latinoamericanos son gente con la que debemos asociarnos y apoyar. No es casual que hayamos creado la Escuela de las Américas para formar y entrenar oficiales. También tenemos un desagradable expediente de apoyos a dictadores militares en el este asiático y en otras parte. En esto consiste la calidad militarista del imperio americano.

No siempre ha sido así. Durante los 90 soplaron otros vientos: se hablaba de la acción benéfica de un poder hegemónico “suave”.

Durante la era Clinton hubo un esfuerzo por replantear la doctrina imperial y comenzó a hablarse de ejercer un imperialismo blando o suave a través de las industrias culturales. Pero, desde mi punto de vista, cualquier imperialista convencido seguramente preferiría a Clinton antes que a Bush. La razón es sencilla: Clinton era más astuto y agudo. Hizo avanzar el imperio estadounidense bajo la coartada de cosas como la globalización, la tecnología, el mercado. Mientras tanto, Bush ha sido frontal al quitarse la máscara, argumentando que, en efecto, somos un coloso hegemónico mundial. Un imperio con “Dominación total del espectro”, como suelen decir en la fuerza aérea. Esa creencia es un terrible error, porque no se puede dominar militarmente el mundo de hoy. Es demasiado complicado, pero sobre todo demasiado costoso. Las recientes campañas imperialistas han hecho escalar nuestra deuda y, de paso, han comenzado a socavar la economía, a través de un excesivo gasto para mantener el enorme, y en el fondo carente de significado, establishment militar.

John McCain, candidato republicano para 2008, aboga por enviar más tropas y dice que eso es lo que se necesita para ganar en Irak. ¿Puede el envío de más soldados, y una escalada en la guerra, hacer una diferencia a favor de Estados Unidos?

Es imposible porque, como saben muchos, ya nosotros alcanzamos nuestra capacidad. Nuestras tropas están terriblemente sobre extendidas. La moral entre las fuerzas armadas está declinando. Hemos desperdiciado toneladas de equipos y municiones. Aunque no hay cifras oficiales de bajas, se calcula que hay medio millón de iraquíes muertos. A cambio, hemos logrado una cosa segura: los iraquíes sobrevivientes nos odiarán hasta el fin de los tiempos. Podemos concluir que la calidad militar de nuestro imperialismo es uno de sus elementos más desastrosos. Hasta cierto punto, por un largo periodo de tiempo, fuimos no diría que un hegemón benévolo, como algunos han querido presentarnos, sino un hegemón aceptado por gran parte del mundo occidental liberal, lo que incluye gran parte de Europa occidental y Japón. No siempre confiaron en nuestro sano juicio. No obstante, teníamos una reputación bastante decente, basada en el Plan Marshall, planes de ayuda a otros países y mecanismo diplomáticos como el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas. Estas fueron cosas en las que Stalin y la Unión Soviética de la Guerra Fría nunca creyeron y de las que se reían hasta morir. Construimos instituciones mundiales basadas en el imperio de la ley, lo que contribuyó a darnos un liderazgo que, para bien o mal, mucha gente aceptó. Evidentemente en este momento ese aval se ha desvanecido. Nadie nos cree ni confía en nosotros. Somos la nación más detestada.

EL LEGADO DE LA GUERRA FRÍA

Es un efecto paradójico, porque hace apenas una década era Estados Unidos era una nación admirada.

De un modo extraño, esto es consecuencia del colapso de la Unión Soviética. Al caer el muro de Berlín, concluimos que habíamos ganado la Guerra Fría. Eso no es cierto. Nadie ganó la Guerra Fría, ambos la perdimos. Lo que pasó es que los rusos la perdieron primero, porque eran más pobres económicamente. Teníamos los mismos problemas con los que Gorbachov trataba de lidiar: un imperio demasiado extendido, una extrema rigidez ideológica en el terreno de las instituciones economías y que, en consecuencia, demandaba reformas. Esa era la situación de la Unión Soviética al principio de los noventa y es la nuestra hoy. Todo explica las enormes dificultades que estamos teniendo como país y remite a una lección fundamental de la historia: ningún imperio ha renunciado voluntariamente a su poder. El único que lo ha hecho medianamente es la Unión Soviética.

Es curioso que ahora Gorbachov apoye a Putin, quien trata de reconstruir el imperio ruso.

Ciertamente Putin es un líder impresionante, pero hay que tener claro que Rusia no es hoy ni la sombra de la vieja Unión Soviética. Es mucho más pequeña, para empezar.

¿No está Putin presionando para expandir las fronteras y evitar mayor separtismo en las antiguas ex repúblicas soviéticas?

Así es, pero hay que entenderlo dentro del contexto de una reacción hacia actitudes provocadoras por parte de Estados Unidos, como la expansión de la OTAN, el intento de poner el escudo anti-misilístico en Checoslovaquia. Si llega a concretarse la inclusión de los Estados bálticos en la OTAN, se puede considerar una provocación extrema de nuestra parte, pues esto creará condiciones equivalentes a la crisis cubana de los misiles.

EL COMPLEJO INDUSTRIAL MILITAR

Históricamente, Estados Unidos ha sido una república de valores democráticos tan sólidos. ¿Qué se puede esperar de su transformación en un imperio controlado por un sector económico y político específico?

Probablemente lo que mejor podemos ver desde la situación actual es lo que podemos perder con el imperialismo. La configuración más inestable es una democracia en casa con un imperio en el exterior. Fue el caso de la república romana y del imperio británico. Puedes ser un imperio o una democracia pero no ambas cosas al mismo tiempo. Porque tratando de ser una perderás la otra. Después de la II Guerra Mundial, los británicos abandonaron el imperio para mantener la democracia. O terminas con una dictadura como el imperio romano que canceló la democracia. Ese es el peligro al sumergirnos en una doctrina imperial que ya lleva mucho tiempo y a la que finalmente nos hemos acostumbrado. El Complejo Industrial Militar (CIM) se ha imbricado a tal punto en nuestra sociedad que es muy difícil imaginar cómo corregir esta situación. El sistema político ha fallado. Por lo tanto, no se puede esperar que corrija este problema.

Sin embargo, Estados Unidos está a punto de elegir un nuevo presidente y es muy probable que sea Barack Obama de quien se espera un cambio político y social de envergadura.

Ningún presidente de ningún partido tendrá éxito si se propone acabar con el CIM o las agencias secretas. Esas fueron instancias que se desarrollaron mucho después de que la Constitución fuera escrita. El presidente Eisenhower, en su último discurso, alertó sobre estos peligros, afirmando que el Complejo Industrial Militar llevaría a una severa crisis. Eso es lo que vemos ahora. Pareciera que nos estamos quedando sin capital, pero, en verdad, tenemos muchísimo dinero. Es un dinero que está siendo malgastado en esas 825 bases militares que tenemos en países de otros pueblos.

Para un país que busca mantener su hegemonía de gran escala se justifica casi cualquier gasto.

Hemos llegado a creer que la hegemonía es imprescindible para nosotros. En ese sentido, la sobreextensión imperial trae consigo consecuencias nefastas. Por ejemplo, ¿qué diferencia hace para nosotros lo que pasa en Afganistán o en cualquier otra parte? No mucha. Para el ciudadano común es lo mismo. Eso es un problema porque lleva a la sobreextensión imperial. Algo semejante le pasó a la Unión Soviética hasta que quebró. Los soviéticos creyeron que tenían que estar en todas partes y parear cualquier esfuerzo que nosotros hiciéramos alrededor del mundo. Eso llevó a su propia destrucción.

Partiendo del escenario presente, ¿qué se puede prever de las dinámicas internacionales en un futuro cercano, en particular con respecto a los grandes jugadores como Estados Unidos, China y Rusia?

El ala neoconservadora del partido Republicano se mantiene abiertamente hostil hacia el surgimiento de China. China nos ha dado un modelo de sistema. El pueblo chino sigue apoyando al gobierno a pesar de que el Partido Comunista tiene una línea dictatorial incoherente con los grandes logros de la economía china, porque le atribuye el haber desmantelado un sistema leninista sin caer en el tipo de caos de la Rusia post-soviética. Están tan satisfechos y complacidos con las tasas de crecimiento económico que han optado por mantener un régimen autoritario tanto como sea posible. El problema para Estados Unidos es simplemente adaptarse a esa realidad. No tenemos otra opción. Un mundo sin China sería un enorme desastre y eso lo sabemos. El partido republicano está dividido en dos: los neconservadores anti-China, y las 500 empresas de la lista Forbes que han invertido fuertemente en ese país. Dependen, en gran medida de las importaciones y de los productos terminados de China. Sencillamente, todo viene de China y nosotros hemos sido muy lentos para adaptarnos a eso. Ciertamente, alguna inteligencia hemos mostrado al favorecer la elección del partido nacionalista de Taiwán que prefiere relaciones más amistosas con China continental. Sin embargo, todavía no podemos aventurar la idea de un futuro. Lo que está claro es el fracaso del orden posterior a la Guerra Fría, el supuesto Nuevo Orden Mundial, llamado así solo nominalmente porque, en verdad, resultó un caos. La ex Unión Soviética hizo grandes concesiones y esperaba de Europa y Estados Unidos un tratamiento pacífico, mejores relaciones políticas y sobre todo apertura económica, pero lo que encontró fue un expansionismo hostil y lo que parecen ser amenazas genuinas a sus fronteras. Para tener una idea mejor del futuro habría que comenzar por el desmantelamiento y cierre de la OTAN. En esta época es una organización carente del propósito y sentido que tuvo al ser creada. Ya no existe la amenaza de la Guerra Fría. También se ha probado que nuestros aliados usan la OTAN según su conveniencia, sin un compromiso serio.

Volvamos a China.

En 2025, China será la principal potencia. Estados Unidos, si todavía existe, es decir, si no ha hecho implosión, ocupará la segunda casilla. Mientras la India será seguramente la tercera. Sería un tremendo desastre seguir tratando de contener militarmente a China. ¿Qué está pasando en China? Se aminora su pasión revolucionaria a cambio de una mejor calidad de vida. Es increíble ver lo que han alcanzado y lo buenos que son en algunas cosas que hacen. Como politólogo no suelo ser optimista, pero el caso chino me parece interesante. Como decimos entre colegas, “China tiene un par de siglos de rezago, pero ya está de vuelta”. En cambio, la relación con Rusia me preocupa muchísimo. Y esto se debe a que no los conocemos ni le prestamos mayor atención. Eso me preocupa. Usamos modelos teóricos, como los usan los economistas del Fondo Monetario Internacional, para predecir deductivamente cómo será el futuro de otros países, en vez de investigarlos empíricamente.

AISLACIONISMO Y EXPANSIONISMO

Es una típica actitud estadounidense: ser expansionistas y también aislacionistas. En ese sentido Roosevelt estaba en lo cierto.

Todos los imperios deben desarrollar una ideología que ponga énfasis en que lo que hacen más allá de sus fronteras es bien recibido. Los británicos tenían una industria editorial destinada a exaltar las maravillas del imperio y a decir cuán feliz era la gente en él, aunque no podían saber a ciencia cierta cómo era la vida en el otro cabo de la cuerda. Era una literatura excelente y nosotros también la producimos. Sin embargo, cometemos el error de creernos nuestra propia propaganda, porque no creemos que es propaganda, sino que se trata solo de gobernar a través del consenso. En realidad, el imperialismo es una forma pura de la tiranía y nunca gobierna por consenso, sino mediante la fuerza militar. Y es por eso que depende de ésta. Nuestro problema es qué hacer con nuestro establishment militar. Es demasiado grande y oneroso. Paradójicamente, hay la creencia de que dependemos económicamente del complejo industrial militar, cuando es en verdad lo opuesto: el complejo industrial militar constriñe nuestra capacidad económica.

Usted dice que hay una gran tensión entre los valores culturales de la democracia y el imperialismo. Sin embargo, asombra que la sociedad estadounidense preste tan poca atención a este asunto.

No prestamos atención porque no tenemos bases rusas o alemanas en nuestro territorio. Es decir, ningún estadounidense tiene la más mínima noción de lo que es vivir en lugares ocupados. Digamos Okinawa, una isla en el sur de Japón, donde su ubican 37 bases militares estadounidenses. Y eso que es una isla pequeña, con solo uno millón 300 mil habitantes. Viven cara a cara con la tercera división de los marines, compuesta por jóvenes estadounidenses que piensan que están haciendo el bien en el mundo, pero que cometen al menos dos crímenes sexuales al mes contra las mujeres de la isla. Es un desastre. En resumen, a través del CIM, transmitimos la idea de que esa es la forma que tenemos los estadounidenses de hacer negocios en el mundo, a través de la fuerza militar. Al terminar la II Guerra Mundial, los británicos concluyeron que no podían seguir manteniendo el dominio de la India con métodos nazis, una industria de la masacre como la llamaban. Decidieron entonces, no de manera muy graciosa o acertada, deshacerse del imperio para mantener la democracia. De lo contrario, hubiesen ido directamente al régimen militar. Sin embargo, nos legaron gran parte de los problemas de su imperio. Hoy sabemos que el conflicto de Irak se remonta a l953 con la intervención de la CIA para proteger a la British Petroleum. Para ello inventamos una propaganda que decía que los iraquíes eran mayoritariamente comunistas. Ese es un aspecto fundamentalmente negativo de la CIA: nadie sabe lo que hace, porque sus actividades son secretas. Por lo tanto, el público estadounidense no tiene ni idea de en qué gastan el dinero. El artículo 1 de nuestra Constitución dice que el pueblo estadounidense tiene derecho a saber cómo es gastado cada dólar de sus impuestos. Esto no es así desde al menos la II Guerra Mundial, cuando se produjo la primera bomba atómica, hasta nuestros días cuando 30% de nuestro presupuesto de defensa es secreto. Bajo estas circunstancias, no sorprende que muchos ciudadanos se retraigan de la actividad pública. Ya que no saben en qué anda su gobierno y estar al día con el rumbo del gobierno es una de las condiciones para una participación democrática.

CAMBIOS EN EL PATIO TRASERO

¿Cómo impactan estas dinámicas la relación de Estados Unidos con América Latina y en qué medida la región puede ser un actor mundial en los próximos años?

Por supuesto que Estados Unidos ha dado por descontado su dominio sobre América Latina. Para México vivir al lado nuestro es un desastre al que ha tenido que acostumbrarse. Esa condición es extensible a los demás países porque históricamente Estados Unidos ha creado mecanismos para mantener subordinada a América Latina. Nada ha sido más conveniente para nosotros que Fidel Castro y la revolución cubana. Cuba ha permitido mantener políticas imperiales tradicionales mientras proclamábamos que preveníamos la expansión soviética.

Ahora tienen a Chávez.

Y está Morales que despierta cierta preocupación. Pero América Latina es una sociedad compleja sobre la que resulta difícil generalizar. Hay que mirar la historia reciente para entender los posibles futuros. El punto de partida es la Guerra Fría. Hubo al menos tres Guerras Frías. Una en Europa caracterizada por el pulso entre totalitarismo y democracia. Otra en el este asiático que se libró contra la revolución china y los movimientos nacionales de liberación y que perdimos, a pesar de haber tenido como aliado a Japón. La tercera fue en América Latina. La expansión imperial se inició en 1898 con la guerra hispanoamericana, pero se mantuvo relativamente tranquila hasta al inicio de la Guerra Fría y luego se manifestó con incontables intervenciones mientras también avanzó con una desastrosa ideología económica que clamaba apoyar el libre comercio y la nivelación del campo de juego económico. Con el Tratado de Libre Comercio con Centro América, se reclama, por ejemplo, nivelar el campo entre Honduras y Estados Unidos. Esto es sencillamente tan absurdo como poner a pelear a un boxeador peso mosca con otro peso pesado. Lo que hay que tener en cuenta es que esos tratados son instituciones del capitalismo estadounidense que han tenido la astucia de funcionar globalmente a través del sistema de comercio internacional. Con su poder, más de una vez han echado a la basura economías enteras como la de Argentina en 2001.

Entiendo su punto, pero si esas instituciones dejan de funcionar cómo se administrará el sistema económico internacional.

El reemplazo se está desarrollando. América Latina debe fortalecer su marco institucional con acuerdos regionales como MERCOSUR y el Alba. Pero hay que entender que no es que las instituciones estadounidense no sirvan, sino que nuestras ideas y valores han sido desprestigiadas por un abyecto desempeño. Por otra parte, en América Latina hay países inmensamente ricos que, por lo mismo, deberían estar mucho más altamente desarrollados. Pero, poco a poco, se han presentado casos que sugieren que las cosas no andan mal. Que Brasil, el mayor país, haya electo un gobierno progresista es un signo positivo. Lo mismo sucede en otros países. Esto aterroriza a los Estados Unidos por la pérdida real de dominio. Por otra parte, creo que Chávez está yendo demasiado lejos. Aunque tiene fortalezas económicas muy considerables, en particular el petróleo, y todavía goza de un amplio apoyo popular necesita un mejor desempeño en lo interno. A veces me gustaría decirle: “Chávez, podrías avanzar mucho más si gastaras menos tiempo dibujando dianas a tu espalda. Le estás pidiendo a tu pueblo que se rebele contra ti”.

Entrevista realizada durante el año 2007.

Prodavinci 

Comentarios (1)

Jorge Supelano
16 de Octubre, 2009

Interesante artículo pero para mi el tipo pierde credibilidad al mencionar al Alba como un acuerdo regional serio. Habría que ver que opinión tiene de las cosas hoy en día.

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